Societat Orgànica: “La sostenibilidad no es solo una cuestión técnica aplicada a un edificio, sino una forma de organizar recursos, relaciones y responsabilidades en el tiempo”
Esta semana hemos conversado con Albert Sagrera y Luca Volpi, de Societat Orgànica, una cooperativa profesional nacida en Barcelona que desde 2004 trabaja para acelerar la mejora ambiental del sector de la edificación a través de la consultoría, la investigación, la docencia y la comunicación.
Su enfoque parte de una idea muy concreta: la sostenibilidad no puede quedarse en buenas intenciones, tiene que traducirse en objetivos medibles y en acciones viables. Por eso, a lo largo de la entrevista hablan de cómo fijan metas cuantificables desde el inicio y de por qué no tiene sentido trabajar desde mínimos normativos si queremos afrontar en serio el reto de cerrar el ciclo de los materiales.
También reflexionan sobre el papel real de las certificaciones cuando se usan como herramienta de proyecto y no como checklist, sobre el enorme potencial de la gestión y el mantenimiento en edificios existentes, y sobre la necesidad de que el cambio técnico vaya acompañado de políticas públicas y marcos colectivos capaces de sostener una transformación profunda.

Los miembros de Societat Orgànica lleváis trabajando en el ámbito de la edificación y la sostenibilidad desde 1998 desde diferentes instituciones, ¿qué os llevó a dar el paso de uniros en una misma organización y qué “hueco” creíais que había en el sector en ese momento?
Los fundadores de Societat Orgànica, Fabian López, Albert Sagrera y Gerardo Wadel, coincidimos a inicios del siglo XXI en los cursos de doctorado sobre Arquitectura y Sostenibilidad de la UPC, en la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Los tres ya trabajábamos esta temática desde nuestros respectivos ámbitos profesionales (la propia UPC, el ITeC y la revista especializada Constructiva).
El impacto que nos generaron la visión y la misión transmitidas por Albert Cuchí, junto con la sensación de haber alcanzado el límite de lo que podíamos hacer desde nuestros trabajos, nos llevó a pensar en la posibilidad de crear una entidad con mayor capacidad de decisión e incidencia en las cuestiones ambientales.
En un viaje que hicimos los cuatro a Portugal, acompañado de suntuosos vinos locales, nos embarcamos en un nuevo e inspirador proyecto: Societat Orgànica.
Albert Cuchí —su discurso y su amistad— ha seguido siendo una referencia a lo largo de estos 21 años.
Vuestra metodología ambiental incluye análisis de situación → objetivos → acciones concretas. ¿Cómo definís esos objetivos para que sean medibles y verificables y no se quedan en una declaración genérica?
Hoy disponemos de una capacidad de medición y verificación muy alta. Eso nos permite formular objetivos cuantificables desde el inicio: demanda energética, emisiones operativas y embebidas, consumo de recursos, durabilidad, circularidad o coste de ciclo de vida.
Cuando iniciamos un proyecto intentamos partir de la máxima ambición posible. El reto ambiental al que nos enfrentamos como sociedad es estructural, así que no tiene sentido trabajar desde mínimos normativos. Tomamos como referencia objetivos a largo plazo y los traducimos en métricas concretas aplicables al proyecto.
A medida que el trabajo avanza, las limitaciones reales (marco normativo, presupuesto, capacidades técnicas o decisiones de los distintos agentes) aterrizan esas ambiciones. Pero el hecho de haber “estirado” inicialmente el marco permite que el resultado final sea más exigente y coherente. Esa combinación entre ambición cuantificada y ajuste progresivo es la base de nuestro enfoque.
Para vosotros, la sostenibilidad exige cerrar el ciclo de los materiales. ¿Qué significa exactamente “cerrar el ciclo” en un edificio real y qué condiciones mínimas deben cumplirse para poder acercarse a ese objetivo?
Cerrar el ciclo no es una idea nueva: es simplemente cómo funciona la naturaleza y como ha funcionado la civilización humana hasta hace bien poco. En un ecosistema, los materiales nunca se convierten en residuos, sino en recurso para un nuevo ciclo.
En la construcción tradicional ocurría algo parecido: los materiales pétreos se reutilizaban y alargaban su vida útil y los materiales biológicos volvían al medio. La industrialización rompió en parte esa lógica, generando flujos lineales de extracción–uso–residuo.
Hoy, cerrar el ciclo en un edificio implica diseñar para el desmontaje, la separación y la recuperación de materiales con valor. Supone elegir sistemas reversibles, evitar mezclas inseparables y documentar los componentes para facilitar su reutilización futura. Pero no es solo una cuestión de diseño: requiere que la industria y las cadenas de suministro acompañen el proceso. El reto pendiente es estructural: necesitamos modelos claros de propiedad y responsabilidad a lo largo del tiempo. ¿De quién serán los materiales cuando el edificio deje de usarse? Sin resolver esa pregunta, que afecta incluso a la gestión de residuos urbanos, la circularidad seguirá siendo parcial.
Sois una cooperativa con actividad en I+D, docencia y comunicación, y mencionáis que desarrolláis herramientas propias y un benchmark de datos de flujos de materiales. ¿Qué tipo de herramienta o indicador os gustaría que se “normalizara” en el sector en los próximos años para que la sostenibilidad se mida mejor?
La realidad ambiental es compleja, y reducirla a un único indicador suele conducir a simplificaciones que empobrecen el diseño y frenan la innovación. Más que un nuevo indicador, creemos que lo que debe normalizarse son metodologías integrales y abiertas.
El marco europeo LEVEL(S), por ejemplo, es interesante porque acompaña el proceso de diseño y conecta impactos ambientales, ciclo de vida y toma de decisiones desde fases tempranas. Bien utilizado, puede elevar el nivel medio de los proyectos.
En cualquier caso, el reto no es técnico: hoy sabemos medir casi todo. La cuestión es política y colectiva. Una vez definidos los indicadores, debemos decidir qué límites asumimos: cuál es nuestro presupuesto de carbono hasta 2050, cuántos recursos puede consumir una ciudad o una persona, y cómo se distribuyen esos márgenes para cubrir necesidades reales. Sin ese debate, los indicadores quedan incompletos.
¿Existe algún material sostenible por el que sintáis predilección? ¿Por qué?
No creemos en materiales “sostenibles” en abstracto. La sostenibilidad no depende tanto del material en sí como de cómo se gestiona: su origen, su proceso de transformación, su durabilidad, su capacidad de reutilización y el sistema en el que se integra. Siempre dentro de la estrategia de “cierre de ciclos”.
Ningún material es sostenible por definición; lo es en función de su contexto y de las decisiones que lo acompañan.
Tenéis experiencia en certificaciones. ¿Cómo evitáis que la certificación sea una “checklist” y la convertís en una herramienta para mejorar el proyecto? ¿En qué casos recomendáis certificar y en cuáles no es lo más útil?
Las certificaciones surgen porque necesitamos mecanismos de verificación compartidos. Bien planteadas, pueden elevar el estándar de calidad ambiental. El problema aparece cuando se convierten en una lista de puntos a cumplir al final del proceso.
Nuestra manera de evitarlo es integrarlas desde el inicio como marco de trabajo, no como auditoría final. Si la certificación acompaña el diseño durante todo el proyecto, puede convertirse en una herramienta estratégica que estructura decisiones y prioriza impactos.
No recomendamos certificar por defecto. Tiene sentido cuando aporta valor real: en promociones que necesitan transparencia y trazabilidad. En otros casos puede ser más eficiente aplicar la metodología sin formalizar el sello.
En cuanto a referencias, creemos que es estratégico fortalecer marcos nacionales del sector como VERDE y herramientas europeas públicas como LEVEL(S), que dialogan mejor con el contexto normativo y climático local.
Ofrecéis auditorías energéticas con un enfoque en la gestión del edificio y priorizadas por medidas coste/eficacia. ¿Qué “hallazgos recurrentes” veis en edificios existentes y qué tipo de medidas suelen ser las más rentables y cuáles sorprenden por su impacto?
En edificios existentes, los mayores márgenes de mejora suelen estar en la gestión: ajustes de consignas, horarios, regulación de sistemas, mantenimiento y control. Son intervenciones de bajo coste y alto impacto que a menudo no requieren obra.
Después vienen las medidas técnicas más conocidas, cuyo impacto puede ser muy significativo, pero con inversiones mayores.
Lo que suele sorprender es cuánto potencial se desbloquea simplemente entendiendo cómo funciona realmente el edificio. Cuidar, mantener, puede generar reducciones importantes sin grandes transformaciones físicas. En cierto modo, es una lección extrapolable a escala social: antes de consumir más recursos, o generar nuevas grandes infraestructuras, conviene cuidar y mejorar lo que ya tenemos.
También trabajáis en políticas ambientales y ambientalización, ¿qué decisiones o instrumentos tienen más impacto real, y dónde creéis que está el freno principal por parte de la administración?
Las decisiones con mayor impacto no son necesariamente las más técnicas, sino las que inciden en los marcos culturales y económicos. Las políticas que reformulan qué entendemos por bienestar, valor o progreso son las que realmente transforman el modelo. La transición ecológica no es una cuestión de eficiencia, sino de redefinir prioridades: pasar de una lógica centrada en el consumo a otra centrada en el bienestar y la calidad de vida, sin que ésta dependa necesariamente de un mayor uso de recursos.
En cuanto a la administración, más que una falta de conocimiento técnico, percibimos limitaciones estructurales: compartimentación entre departamentos, marcos normativos rígidos, tiempos políticos cortos y una elevada responsabilidad jurídica que dificulta la asunción de riesgos. En ese contexto, impulsar cambios transversales o decisiones valientes resulta complejo.
Aun así, creemos que la administración tiene un papel clave como tractor del cambio, especialmente cuando integra criterios ambientales de forma coherente en contratación pública, planeamiento y normativa.
De todos vuestros proyectos, ¿cuál o cuáles destacarías para entender vuestra manera de trabajar? ¿Por qué?
Por suerte, después de más de veinte años de trayectoria, hemos tenido la oportunidad de trabajar en proyectos, con equipos y personas muy diversas, de las que hemos aprendido mucho y creemos haber aportado valor ambiental real.
Quizás uno de los que mejor refleja nuestra manera de entender la sostenibilidad es «Safareig». El término significa “lavadero” en catalán, pero literalmente significa algo como Chismorrear, así que remite a un espacio social de intercambio y conversación. Este proyecto no se centra tanto en la dimensión constructiva, sino en la gestión, la dimensión comunitaria y los flujos de recursos y conocimiento. El proyecto propone actuaciones comunitarias sencillas, de bajo coste y fácil gestión administrativa, centradas en mejorar la eficiencia de los recursos, revitalizar espacios comunes y generar refugios climáticos comunitarios que fortalezcan la resiliencia social y ambiental. Safareig busca empoderar a las comunidades para que sean protagonistas de su propia transformación, desarrollando herramientas abiertas que faciliten la autoconstrucción y la replicabilidad en otros contextos, y promoviendo al mismo tiempo la cooperación, la reducción del consumo energético y la creación de redes de conocimiento compartido.

Lo destacamos porque muestra algo que para nosotros es fundamental: la sostenibilidad no es solo una cuestión técnica aplicada a un edificio, sino una forma de organizar recursos, relaciones y responsabilidades en el tiempo.
¿Creéis que la sociedad está concienciada sobre la necesidad de implementar propuestas arquitectónicas sostenibles para cuidar el medio ambiente?
Existe una conciencia creciente sobre la necesidad de actuar. La emergencia climática y la crisis de recursos forman parte ya del debate público.
Sin embargo, a menudo seguimos buscando soluciones puntuales que no cuestionen el modelo de fondo: tecnologías más eficientes, dispositivos “mágicos” o mejoras incrementales que permiten continuar con patrones de consumo similares. La innovación tecnológica puede ser útil, pero está muy lejos de ser suficiente.
La verdadera transformación exige revisar los supuestos que han generado el problema. Como señalaba Albert Einstein, no podemos resolver los problemas con la misma lógica que los creó. En el ámbito ambiental, esto implica repensar cómo proyectamos, cómo habitamos y qué entendemos por calidad arquitectónica y urbana.





