Daniel Lozano, cofundador de Estudio Albar: “Cada caso debe analizarse bajo el prisma de la sostenibilidad, la eficiencia, la industrialización y la economía”

Publicado el 18 mayo 2026

Esta semana conversamos con Daniel Lozano, fundador de Estudio Albar junto a Irene García. Un estudio que nace en 2013 cuando aún eran estudiantes de arquitectura y que hoy trabaja desde una premisa clara: proyectar viviendas a medida, con una arquitectura sencilla, sin artificios y centrada en el detalle.

Desde 2018, su enfoque se concentra en arquitectura residencialeficiencia energéticasostenibilidad y construcción industrializada en madera, apostando por materiales sanos y naturales y por un proceso que combina diseño artesanal con la precisión y el control propios de la industrialización.

En la entrevista hablamos de una metodología que nace de las conversaciones con el cliente (escuchar lo que dicen y lo que no dicen) y de cómo aterrizan los objetivos en parámetros verificables, evitando eslóganes: confort real, demandas energéticas, hermeticidad y control económico desde el inicio, siempre en diálogo con el lugar y la forma de habitar.

Estudio Albar nace en 2013, cuando todavía erais estudiantes de arquitectura, ¿Qué os impulsó a fundarlo en ese momento, y qué os llevó a dar el giro en 2018 para centraros en arquitectura residencial, eficiencia energética, sostenibilidad y construcción industrializada en madera con materiales sanos y naturales?

La fundación del despacho fue completamente orgánica y casual. Por aquel entonces, la que es ahora mi mujer y yo, cursando quinto de carrera, teníamos un blog de restaurantes y hoteles. Nos gustaba sacar buenas fotos, descubrir nuevas experiencias, y hacer las cosas con cariño. El blog (previo al boom de los blogs que se vivió unos años después) alcanzó cierta notoriedad, y en él figuraba que éramos arquitectos. Y así nos llegaron los primeros encargos. Aún lo recuerdo con cariño: estábamos muy verdes. Después de la primera reunión nos pidieron las tarjetas de visita, que lógicamente no teníamos. A la siguiente reunión teníamos tarjetas, web, mail, de todo. Y ahí nacimos.

El giro en 2018 vino dado por pura madurez personal y profesional. Siempre nos había atraído la industrialización, la sostenibilidad, la eficiencia y las cosas bien hechas. El sector residencial te permite aplicar esos principios. Te permite encontrar gente que busque esos principios y no única y exclusivamente maximizar rendimientos económicos.

Decís que vuestra arquitectura es personal, sencilla y sin artificios, muy centrada en el detalle. ¿Cómo se traduce esa “sencillez” en decisiones de proyecto y en el resultado final para quien habita la vivienda?

Siempre digo que hemos nacido y ejercido como arquitectos en una época de austeridad económica. Eso nos obliga a observar cualquier decisión que tomamos bajo el prisma de la eficiencia, la sostenibilidad, el diseño y, sobre todo, la viabilidad económica. Al final, todo esto desemboca en la simplicidad.

Buscamos formas puras que simplifiquen el proceso tectónico y constructivo, logrando soluciones más económicas, pero igualmente bellas y funcionales. La sencillez para nosotros no es falta de detalle, sino orden y limpieza visual; es encontrar la solución más lógica y viable para reunir todos esos condicionantes en un solo espacio.

Vuestra forma de trabajar “nace de las conversaciones” con el cliente y de escuchar “lo que dicen y lo que no dicen”. ¿Cómo es vuestra metodología de arranque para transformar esas conversaciones en un programa y un esquema claro que guíe todo el proyecto?

Igual que nos gusta la industrialización durante el proceso constructivo, nos gusta la sistematización del trabajo de despacho. Trabajar con el cliente particular es muy bonito, pero también hay que guiarle, ya que suele ser un proceso totalmente novedoso para él y los tiempos se pueden dilatar.

Por eso, antes de entrar en la fase técnica y sistematizada, nos volcamos en la parte humana: escuchar qué quieren y qué sueñan. A veces ni ellos mismos lo saben. En esos momentos iniciales, tratamos de quitarnos el sombrero de arquitectos y ser simplemente humanos. Tenemos conversaciones relajadas sobre lo que les gusta hacer, cómo viven, cómo desayunan… Son preguntas muy personales. Siempre decimos que debemos llegar a tal grado de intimidad con ellos que, durante el proceso constructivo, sepamos de antemano qué van a responder ante cada consulta.

Dentro de vuestro proceso, ¿cómo definís objetivos para que sean medibles y verificables y no se queden en una declaración genérica?

Para nosotros el éxito se mide en dos planos muy distintos. El primero, el emocional: mantenemos una relación de amistad con todos y cada uno de los clientes que han pasado por el despacho. No hay mayor verificación de éxito en este sector que saber que somos las personas de máxima confianza de los promotores y que logramos llevar la empresa a buen término sin que ningún proyecto se quede en el cajón.

Y el segundo plano es el puramente técnico y científico: no nos quedamos en la declaración genérica de “hacer casas eficientes o casas ecológicas”. No hacemos greenwashing por estrategias de marketing. Somos sinceros y fieles a nuestros principios, pero también somos técnicos: medimos la eficiencia con los cálculos estrictos de la física de la construcción (demandas de calefacción, ensayos de hermeticidad..) y controlamos milimétricamente el objetivo económico gracias a la industrialización, donde sabemos hasta el número exacto de tornillos que vamos a usar antes de pisar la parcela.

Proyectáis y construís bajo los principios Passive House (aunque no siempre certifiquéis). ¿Qué significa en la práctica trabajar con ese estándar y en qué fases del proyecto se nota más?

Una de nuestras obsesiones es la eficiencia energética, pero no tanto por el simple ahorro económico de la denominada “hipoteca energética”, ni por tratar de poner nuestro granito de arena contra el cambio climático, aunque ambas sean importantes.

Sobre todo, buscamos la máxima eficiencia energética para maximizar el confort del usuario. Solemos asociar la pobreza energética a las infraviviendas, pero no somos conscientes de que el parque de viviendas actual, desde un punto de vista energético, es deplorable. Y eso genera una falta de confort terrible que el usuario medio, lamentablemente, ha normalizado. Trabajar con este estándar logra que la “máxima eficiencia energética” sea un concepto tangible, cuantificable y real, y no un mero eslogan publicitario solo porque alguien le ha puesto suelo radiante y aerotermia a una casa mal aislada.

Construís con estructura de madera y habláis de materiales sanos y naturales. ¿Qué criterios seguís para seleccionar materiales y qué “mínimos” no negociáis en una vivienda saludable?

Nuevamente, cada caso debe analizarse bajo el prisma de la sostenibilidad, la eficiencia, la industrialización y la economía. Ser eficiente requiere una inversión inicial con unos plazos de amortización, y la salud o la sostenibilidad a veces parecen conceptos intangibles.

Yo te puedo explicar las bondades de aislar una fachada (se denomina SATE) con fibras de madera o corcho, pero también te expondré la diferencia de precio frente a un SATE ejecutado con materiales derivados del petróleo (que será más económico y mejor aislante térmico).

A mi juicio, hay que encontrar un equilibrio. De nada sirve plantear la vivienda con los materiales más puros y sanos del mundo si el proyecto se queda en un cajón porque el cliente no puede pagarlo. Aplicamos el sentido común: priorizamos aislamientos reciclados de otras industrias, como las lanas minerales. Si hay que usar hormigón, usamos aquellos con bajo contenido en Clinker para reducir enormemente su huella de CO2. En las carpinterías, priorizamos la madera, pero a menudo con un acabado exterior de aluminio que prolonga exponencialmente su vida útil al eliminar el mantenimiento. Se trata de buscar pequeñas medidas viables y de alto impacto.

Defendéis una construcción industrializada para reducir tiempos y aumentar control de calidad. ¿Cómo integráis la industrialización en el diseño y qué ventajas y límites os encontráis?

Nos gusta la industrialización, pero creemos profundamente en el proceso artesano. Parece una contradicción, pero hoy en día la clave reside en esa simbiosis. Nosotros somos artesanos del diseño: cada proyecto está pensado y trazado a medida para cada usuario.

Sin embargo, es en la ejecución donde nos servimos de la industria. Sistematizamos los detalles constructivos: la forma en la que se colocan las carpinterías, cómo se ejecutan las cubiertas o los paquetes de forjado… Por dentro, a nivel técnico, nuestros proyectos son iguales y se construyen bajo los mismos principios y garantías. La diferencia reside en la piel exterior y el espacio interior, ya que cada proyecto es único.

Habláis de viviendas “del lugar ”¿Cómo leéis el sitio y qué decisiones clave os ayuda a tomar desde el inicio?

El lugar es uno de los factores clave. Sonará obvio, pero el soleamiento, los vientos dominantes, los accesos, las vistas, la orografía, el arbolado existente, las sombras que proyecta, su condición caducifolia o perennifolia… Todos estos condicionantes son vitales y los debemos analizar a fondo desde el minuto cero del diseño. Entender el lugar no es un capricho estético, es la base que se traducirá en un mejor comportamiento del edificio y, por ende, en el confort absoluto del usuario final.

Para aterrizarlo en ejemplos concretos: de vuestros proyectos, ¿cuál o cuáles destacaríais para entender vuestra manera de trabajar? ¿Qué objetivos marcasteis al inicio y qué decisiones fueron claves para alcanzarlos?

Un proyecto es la suma de muchas pequeñas decisiones. No sirve de nada que todas las decisiones respondan a criterios meramente bioclimáticos, o meramente sostenibles o de eficiencia; si excluimos al cliente y su forma de ser y habitar esas decisiones serán incorrectas. Nuevamente, hay que encontrar un perfecto equilibrio entre todo esto.

En Casa Eñe, lo lógico hubiera sido cerrarse al norte, pero hubiésemos perdido las vistas maravillosas; así que decidimos abrir la vivienda al norte, pero con huecos más moderados y numerosos. Como pequeños marcos al paisaje.

Casa Eñe. Imagen subliminal

En Casa Ele, recién terminada y aún pendiente de publicación, el punto de partida fue un enclave privilegiado y una forma de habitar muy clara: el cliente buscaba una vivienda totalmente transparente y en relación con la naturaleza. Esa idea se tradujo en en un contenedor cerrado por sus 3 fachadas y abierto obscenamente por una de ellas.

En Casa Efe, no influía tanto el soleamiento ni las vistas, pero fue primordial la forma de vida de esos clientes: sus necesidades presentes y futuras. Al final se proyectó un contenedor totalmente versátil y cambiante en su interior. Ningún elemento interior es de carga. Lo que se tradujo en unos anchos de crujía determinados y muy concretos.

En Casa E, que también acabamos de terminar y publicaremos en breve, la forma de habitar tomó mucho peso a la hora del diseño.

Para cerrar con una mirada amplia: ¿creéis que la sociedad y los clientes están suficientemente concienciados sobre la necesidad de implementar propuestas arquitectónicas sostenibles? ¿Dónde notáis hoy el mayor freno y qué crees que lo aceleraría?

Hace unos años, hablar de vehículo eléctrico sonaba a ciencia ficción; hoy su uso se ha normalizado, en gran parte porque la administración ha puesto de su parte para incentivar el cambio. En la construcción ocurre exactamente lo contrario: a día de hoy, ser eficiente y sostenible está penalizado económicamente por la administración.

Una vivienda bien hecha, con hipoteca energética casi nula, que minimiza la huella de CO2 y respeta el medio ambiente, está gravada con muchísimos más impuestos (al aplicarse estos sobre un coste de ejecución material más elevado) que una vivienda mal hecha que apenas cumple los mínimos. La administración tiene una mirada cortoplacista y no entiende el impacto real de nuestro sector a largo plazo.

Afortunadamente, esa inercia va cambiando muy poco a poco gracias a la concienciación social. Hace años, proponer una estructura de madera te hacía parecer un loco y tenías que escuchar el cuento de los tres cerditos y el miedo al fuego. Hoy, la sociedad está normalizando estos sistemas y entendiendo que sus ventajas y bondades son reales, no meros cuento. Todo esto a pesar de que nuestro sector sigue siendo el sector más conservador y al que más le cuesta introducir la innovación técnica.

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